Luis Alberto Buttó: Volver a la normalidad

Luis Alberto Buttó: Volver a la normalidad

Luis Alberto Buttó @luisbutto3

En estos días, aquí y allá, en todas partes, se leen, se escuchan, se reproducen, se comparten, los deseos de la gente por «volver a la normalidad». La frase se ha convertido en una especie de mantra que busca espantar el tiempo absurdamente detenido, la angustia, los sufrimientos, el confinamiento, las incomodidades, los retrasos, las soledades, los alejamientos experimentados. Para todos ha sido una inesperada oscurana; para los más vulnerables un absoluto infierno. En concreto, la frase subsume la espera anhelante por superar con bien la maldita pandemia y porque todo lo ahora vivido pase a ser sólo un desagradable recuerdo y deje quizás algún aprendizaje en torno a la forma en que se desarrolla la vida abruptamente trastocada.

Sin duda alguna, más que antes o como siempre, se añora abrazar al hijo, al hermano, al amigo; se recuerda el placer de estrechar la mano de aquel a quien se saluda; se valora infinitamente la posibilidad de mirar de tú a tú y no la pantalla del teléfono cuando se habla con el otro para contarse las tragedias o comedias de los momentos atravesados. La añoranza de calor humano se impone. Se hurga en los rincones de la casa en búsqueda de la cotidianidad perdida. Se valora como no se había hecho la simple maravilla de poder salir a la calle a comprar el pan diario sin llevar consigo justificados temores, recelos o aprensiones. Se mira por la ventana y se sueña con el instante en que la preocupación no sea norma despiadada. Pareciera estar despertando la que siempre debió ser insoslayable conciencia de que lo pequeño es hermoso y por sí mismo vale la pena. Se agradece lo poco o mucho que se tiene. Por todo ello, deviene cuesta arriba apartarse de la grey y abstenerse del anhelo por «volver a la normalidad».

Pero, también, por momentos resulta harto difícil sumarse al coro de la grey y sin mediar algún grado de espíritu crítico rogar igualmente por «volver a la normalidad». Al respecto, cabe una incómoda interrogante: ¿a cuál normalidad se aspira retornar? O mejor, ¿a la normalidad de quién es la que se desea retornar? Obviamente, para el poder y/o para la indolencia ante la necesidad del otro la normalidad puede ser lo preciado, pero para otros sectores, ni por asomo, lo es tanto. Hay «normalidades» profundamente dolorosas a las que nunca se debería volver. Verbigracia, la normalidad de los millones de madres y padres que tienen a sus hijos en la diáspora, no pueden abrazarlos como quisieran y se limitan a bendecirlos desde la distancia. El punto es que hay lágrimas que nunca se ven pero siempre en las noches acompañan el desamparo. No fue un virus lo que trajo la tristeza. 





¿Debe volverse a la normalidad del hambre acumulado; del desaliento del trabajador que mira esfumarse su salario al tratar de llenar sin éxito una bolsa de alimentos; del frío que causa en el alma la falta de atención en desvencijados pasillos de hospitales; de las inmensas colas de ancianos formados con humillación bajo el sol para cobrar una pensión que por más que se piense sólo alcanza para la precariedad; de las aulas desprovistas de maestros porque estos se ven obligados a rebuscarse en cualquier otra actividad porque el sueldo no les alcanza para vivir con mínimo decoro; de barriadas donde la gente malgasta su existencia buscando agua o bombonas de gas? Son demasiadas interrogantes contenidas en una sola y no alcanza el espacio para evacuarlas. En todo caso, persiste la normalidad del atraso, de la pobreza, de la vulnerabilidad ante las exigencias de la vida. Ganaría de calle quien apueste a que no es precisamente a esa «normalidad» a la que millones de congéneres aspiran a retornar porque en ningún momento se han apartado de ella. Son incontables las voces que no repiten el mantra. 

¡Cosas de una sociedad maltratada! A veces, la anormalidad resulta la solución sanadora.     

@luisbutto3